Margarita y José María Paz
Qué pasó en la vida amorosa de este hombre sin fortuna política, sin efusión y sin simpatía; que por su duro carácter fue la figura menos romántica de nuestra historia

Este soldado que los historiadores proclaman el más grande teórico de la guerra en el país, no comenzó adolescente la carrera de armas, pero, en cambio, tuvo una cultura general de la que carecieron quizás todos.
Era un católico ortodoxo con inamovibles principios morales que le acarrearon la antipatía de sus colegas.
Su natural sensibilidad fue dominada por su férrea voluntad. Sin embargo había un espacio en el que su ternura desbordaba: el de su familia. José María Paz amó entrañablemente a su madre, doña Tiburcia Haedo, mujer valerosa que recorrió todos los caminos para aliviar la prisión de su hijo.
Comenzó su carrera militar al unirse a los ejércitos revolucionarios en 1810, contaba entonces veinte años. Luchó en el Alto Perú, en el norte junto a Belgrano, en la guerra contra Brasil, en la defensa de Montevideo.
En 1831 se unió a las filas unitarias.
Venció a Facundo Quiroga en La Tablada y Oncativo, y fue nombrado Jefe Supremo Militar. El Pacto Federal lo enfrenta nada menos que con Juan Manuel de Rozas y Estanislao López.
El 10 de mayo de 1831, "cuando anochecía", cayó prisionero por casualidad. Una partida de López le bolea el caballo en los Álvarez, a dos leguas de Santa Rosa [2]
Su prisión duró ocho años, cuatro en Santa fe, y el resto en Luján, muchas veces pensó a lo largo de ese tiempo que había llegado la hora de su muerte, atravesó momentos angustiantes, pero paradójicamente, en esa época le llegó el amor.
Cuenta en sus memorias que a tres años de ser apresado y confinado en la Aduana de Santa fe, siendo día de Pentecostés, 6 de abril de 1834, llegó al lugar su abnegada madre acompañada de Margarita Weild, sobrina de José María, pues era hija de su hermana Rosario y el cirujano escocés Andrés Weild. Doña Tiburcia, había impulsado desde tiempo atrás el casamiento de su nieta con su hijo. Así pasó, luego de un tiempo de tratarse en las visitas a la cárcel, pidieron las distancias obispales y el 31 de marzo de 1835, se casaron en la prisión de Santa fe.
Margarita tenía en ese momento veintiún años, él cuarenta y cuatro. La joven señora de Paz, convivió con su marido en cautiverio, y fue en la cárcel que nacieron los dos primeros hijos. El mayor, un varón al que llamaron José; y más tarde, ya en Luján, una niñita, Catalina, que murió al poco tiempo.
En 1839 Rozas decretó su traslado, debiendo permanecer con la ciudad de Buenos Aires como cárcel. Vivió entonces en la calle San Martín, llamada en ese tiempo calle de la Catedral. En la noche del 3 de abril de 1840, José María Paz huyó, embarcándose con otros perseguidos por los fondos de una barraca que daba al río, a la altura de la calle Balcarce.
Su Margarita se quedó en Buenos Aires sin consuelo, y aterrada, hasta que comenzaron a llegarle cartas de su marido, llenas de amor e ingeniosamente firmadas con seudónimo: "Ciriaco Durán para su querida amiga Agustina Valdez".
"¿Te acuerdas que día es hoy? Yo lo tengo bien presente y al escribir estos renglones se dilata mi corazón pensando que hoy hace seis años que se unieron nuestros destinos..."
"Tu llanto penetra mi corazón, no te separas un momento de mi memoria..." [3]
Pasa el tiempo entre cortos encuentros y largas separaciones producto de las guerras.
Terminada la campaña de Corrientes, debe marchar al destierro, pasa diez meses en paraguay. Llega a Brasil donde por fin la familia se reúne.
En Río de Janeiro se establecen con una pequeña granja, venden huevos, gallinas, leche y comestibles. La ansiada calma se une a una pobreza paupérrima. Y luego el dolor apenas soportable, cuando en junio de 1848, Margarita muere al dar a luz a su hijo Rafael. La sobrevivió sesis años.

Lejos de la patria, cercado por la pobreza, se apagaron las horas de ese triste amor, nacido catorce años antes, en la prisión de Santa Fe.

Tumba en la que reposan los restos de José María y de Margarita, en Córdoba, Argentina
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[1] Juan. B. Terán. Obras completas. Tomo XI, Pág. 29.
[2] Partes de López y Reinafé, en La gaceta Mercantil, 21 de mayo de 1834. De esta versión se desprende que Paz no fue hecho prisionero en "El Tío".
[3] Paz, José María. Memorias Póstumas, tomo XI, Pág. 215-219
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Versión para Internet del artículo publicado en agosto de1993
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Carnavales en Boedo
Las fiestas de carnaval son anteriores al cristianismo, su origen es pagano; se celebran los tres días que preceden al miércoles de ceniza, son puramente populares y consisten en mascaradas, comparsas, bailes y otras ruidosas alegrías.
Nos sorprende encontrar en enciclopedias la definición de algo que tenemos tan asimilado en la memoria y nos trae muchos, gratos recuerdos. También leemos:
"Buenos Aires y Montevideo son, quizás, las ciudades más alegres para carnaval, la manera de divertirse es arrojar agua a los transeúntes desde los balcones generándose verdaderas batallas campales".
Sin embargo el teatro reflejó la melancolía del carnaval porteño en el sainete "Los disfrazados" de Carlos María Pacheco, filosofando sobre el espejismo de la memoria que siempre mejora el tiempo pasado. Lo indudable es que hubo noches de frenética alegría con las calles invadidas de máscaras, comparsas y murgas de muchachotes zafados para la época.
Y si preguntamos ¿Qué pasaba en nuestro barrio en esos días?
El festejo comenzaba en las primeras horas de la tarde con el juego de agua entre vecinos, solo jugaban los mayores y a baldazo limpio, diversión peligrosa para los chicos por los elementos que se usaban: baldes de zinc, cacerolas y las corridas sobre las veredas mojadas.
Al atardecer aparecían las primeras mascaritas sueltas y las murgas de muchachos con trajes hechos de arpilleras e instrumentos improvisados con cacerolas, latas, pitos y matracas.
Caída la noche todos los vecinos se preparaban para ir al corso, entonces, ¡Boedo era una fiesta! Toda la avenida desde Independencia hasta San Juan se transformaba en un palco donde las butacas eran las sillas de los numerosos cafés, allí se ubicaba el público para ver desfilar a las comparsas, a los adornados carros de las agrupaciones folklóricas y a los automóviles particulares. Se jugaba con serpentinas, papel picado y pomos con agua perfumada.
Las salas del teatro Boedo y los cines Los Andes y Nilo realizaban concursos de máscaras y comparsas, trabajaban a sala llena y hasta la madrugada, por sus escenarios pasaban las agrupaciones de todos los barrios de Buenos Aires y por tres días detenían el tiempo.
Aquellos carnavales tenían su propio perfume, el de los pomos Bella Porteña, su agradable e inconfundible aroma estaba asociado a estas inolvidables y añoradas fiestas del tiempo pasado.
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Versión para Internet de los artículos publicados en septiembre de 1993
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Belgrano, penurias del corazón
Fue un hombre galante a quien gustaban apasionadamente las mujeres.
Una historia pésimamente documentada difundió comentarios que rozaron su imagen de varón, fundamentados en un episodio que se registró en campaña en el cual la proverbial discreción del prócer se interpretó arteramente.

Cuando tenía algo más de 40 años, destacado en Tucumán, el bien parecido y seductor general, tenía la posibilidad de elegir para compañera a la mujer que quisiera y, fue una niña de quince años, la que tocó su corazón: la bella Dolores Helguero, hija de una familia patricia de esa provincia.
La geografía del norte había sido escenario de varios de los amores de Belgrano.
Hasta allí le había seguido María Josefa Ezcurra, cuando abandonada por su marido, podía vivir con él, en libertad, el viejo amor que los unía. Permancieron juntos en la Campaña del Norte, hasta que embarazada, regresó para tener a su hijo, el que por convenciones sociales, no fue un Belgrano, sino un Rosas, cuando Juan Manuel y Encarnación Ezcurra lo hicieron pasar por hijo propio
Luego había tenido por amante a la pintoresca Isabel Pichegru. Aquella francesa que escandalizaba a sus contemporáneos con sus modales y esas osadías inexplicables de los vestidos cortones y ajustadísimos; que no le había resultado una relación sin importancia, porque para cuando conoce a Dolores, aún tenía el espíritu comprometido por aquellos tormentosos amores.
No estaba en el destino de Belgrano lograr un amor en el que reposar sus muchos pesares. Y posiblemente la relación con Dolores Helguero, fue la más dolorosa, ya que el destino se encargó de darle un dramático final y, fue durante 6 años la comidilla de la sociedad tucumana.
De ese romance nació Manuela Mónica del Corazón de Jesús Belgrano, a la que el patriota le dedicó el más tierno amor y no olvidó a "su palomita", como él la llamaba, ni en el lecho de muerte. En su testamento, redactado en mayo 1820, encomienda su crianza a su hermana Juana, e instrucción y dirección espiritual a su hermano sacerdote.
Manuel, tuvo hacia Dolores una actitud seria y comprometida. Le había dado palabra de matrimonio porque deseaba fundar con ella una familia, siendo este uno de sus más caros anhelos. Pero en ese entonces, el general estaba absorbido por las batallas de la Campaña del Norte cuyo ejército comandaba, y el matrimonio no se concretaba.
En uno de los encuentros que los amantes iban teniendo a lo largo de los años, Dolores quedó embarazada y cuando Belgrano pudo regresar por fin para casarse, halló que ya había sido desposada por un tal Rivas, por arreglo de la familia Helguero.
El desconsuelo fue inmenso, especialmente porque el marido abandonó rápidamente a su esposa. Belgrano que deseaba cumplir con la palabra empeñada, averiguó secretamente a donde se había dirigido Rivas; cuando confirmó que lo hacía hacia Bolivia, despachó chasque tras chasque para saber que destino había corrido; si había muerto para poder concretar su matrimonio. Jamás pudo confirmarlo.
Ella, desesperada abandonó la ciudad de Tucumán para radicarse en Catamarca. Él, enfermo, derrocado en Vilcapugio y Ayohuma, vapuleado por el gobierno, sintió que su vida se acababa. Manuela Mónica tenía apenas un año, antes de partir definitivamente de Tucumán a Buenos Aires, Belgrano pidió verla por última vez, y quizás ese recuerdo haya sido una luz en su agonía.
Manuela Mónica. Detalle del Oleo de Pripidiano Pueyrredon
El 20 de junio de 1820, Buenos Aires en la anarquía, conoció el día de los tres gobernadores. En medio del caos, solamente un diario se ocupó de comunicar su muerte en una pequeña nota.
Belgrano no murió del todo ese día. La hija perpetuó su sangre y su apellido, fundando la familia de los Belgrano Vega y, sintetizó lo que seguramente su padre hubiera deseado para ella. Una mujer culta que dedicó su vida a su familia y a reclamar aquellos 40.000 pesos que el gobierno debía a su padre, para que las cuatro escuelas que él había dispuesto se levantaran con ese dinero, fueran fundadas.
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Versión para Internet del artículo publicado en mayo de 1993
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San Lorenzo de Almagro: sus comienzos
En el "Periódico Boedo" del 15 de abril de 1939 tuvimos la fortuna de hallar una nota referida al XXXI aniversario de Club Atlético San Lorenzo de Almagro. Nos conmovió la anécdota en sí, habla de un tiempo distinto, no juzgamos si mejor o peor, pero uno donde no faltaban dos ingredientes: voluntad y solidaridad.
Foto: Los fundadores del club San Lorenzo de Almagro. Primera fila, de izquierda a derecha, sentados en el suelo: J. Monti, J. Nieves, J. Colazurdo, A. Riccio, A. Coli y P. Silva. Segunda fila: A. Homero, F. Xaraux, A. Assali, P. Lorenzo Massa, J. Maidana y F. Farula. Tercera fila: A. Riccio, F. Rosso, M. maidana, J. Herrero, A. Rappa y L. Gianella. Cuarta fila: A. Scaramusso, J. Gorena (árbitro), M. Romeo, J. Velázquez, J. Coll, F. Monti y J. Monti
Aparece como telón un barrio que recién comenzaba a edificar su identidad. Todos sabemos que aunque para la Municipalidad, la calle México entre Quintino Bocayuva y Treinta y tres Orientales no pertenezca a Boedo, en el corazón de los habitantes, es un rincón boedense enlazado con los colores azulgrana.
Entonces, Treinta y Tres y México en 1907. Entre baldíos y depósitos de basuras "los Forzosos de Almagro" gambeteaban la pelota, embocando los vidrios de las casas que iban haciendo el barrio. Nada sobraba entre los vecinos, más bien faltaba, pero aunque protestaban, sabía que "los forzosos" no formaban una pandilla de vándalos, sino un club de pocos chicos que no superaban los 18 años de edad, cuya única riqueza material era una mascota y el sueño del futbol.
Federico, Juan y Ángel Monti, Luis Gianella y los hermanos Coll; José Colazurdo, Fernando Rosso, Luis Manara, Pablo Silva, Juan Abondanza, los Hermanos Maidana, José Gorena, Amílcar Asali, José Savor, Francisco Sarau y otros, creyeron ver llegar el fin de sus días de jugadores de fútbol cuando en los terrenos de la familia Moreira, se construyó el oratorio San Antonio.
Sin embargo, los salesianos les regalaron una pelota, la que finalmente hubo que cambiar por una de treinta centavos para que los daños producidos en el vecindario fueran menores. Haciendo honor a su nombre "Los forzosos" no encontraban obstáculo invencible: crecieron hasta formar dos divisiones, la 1era menor y la 1era mayor.
Pero, a tanto valor deportivo se oponía la extrema humildad de los integrantes del equipo. Carecían de un sello para enviar los desafíos a los diarios; por ello fue que el 1 de abril de 1908, en la gloriosa esquina mencionada se convocó a una reunión general de "asociados, directivos y jugadores". Y aunque mucho se habló, los escasos 50 centavos del peculio del club no alcanzaban para los tres pesos con cincuenta de su costo.
La solidaridad que reinaba en el grupo, formaba parte de la idiosincrasia de lo que entonces era un barrio. Los mismos damnificados por los pelotazos, fueron quienes, con esfuerzo, colaboraron para la compra del sello.
Luis Gianella se pegó al checoslovaco que fabricó el sello para evitar errores que en la prueba habían superado a las palabras bien escritas.
Una vez en poder del grupo, ¿Quién podía sustraerse de imprimir aquel mágico nombre... "CLUB ATLÉTICO FORZOSOS DE ALMAGRO"? Fueron tantos los papeles sellados que Antonio Scaramusso temeroso de que las letras se gastasen, lo arrebató de las manos de sus amigos y corriendo hacia su casa lo escondió en una heladera de entonces, que no prestaba servicio debido al frío reinante.
Apareció para ese entonces el cura Lorenzo Massa y la historia es conocida. Preocupado de que cayeran bajo las ruedas del tranvía, les procuró un espacio para que se entrenaran, les construyó la cancha y aparecieron las camisetas a franjas rojas y azules; también se planteó la necesidad de cambiarle el nombre al club. ¿Para qué haber gastado esa fortuna?... Ahora tenían que tirarlo.
A Federico Monti se le ocurrió que algo del sello podía servir, y fueron las palabras "DE ALMAGRO". En cuanto al nombre "San Lorenzo", su razón es obvia.
El gran protagonista de esta historia fue un barrio de vecinos que sabían tenderse la mano.

Foto: Padre Lorenzo Massa
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Publicado en Julio de 1994
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La Costanera Sur
El destino no quiere un romance
entre Buenos Aires y el río
Hasta hace no muchos años la Costanera Sur era un remedo de playa para los porteños que se cocinaban en los tórridos veranos de la ciudad. Al asomarse al murallón, el agua marón del río más ancho del mundo, tentaba al más valiente. Y, valiente había que ser -o suicida- para introducirse en esa fauna de salmonellas y otras yerbas. Pero no siempre había sido así.
Allá por 1915 se había proyectado un paseo a la vera del río escondido para los habitantes de Buenos Aires. Recién en enero de 1917 comenzaron las obras para concretar el llamado "Parque balneario".
Para ello se ganaron terrenos al río entre las calles Belgrano y Brasil; se ejecutaron trabajos en una superficie de 60.000m2., y entre las tareas realizadas se efectuó la desviación de la red cloacal; el transporte de 12.000 m3 de tierra; amén de piedras, cascotes y ladrillos para rellenar los terrenos; se colocaron 1500m. de cañerías de riego.
Además se plantaron 800 tipas, 3200 arbustos y se sembraron 56.000 m2 de césped, distribuyéndose motivos florales y obras decorativas. Se construyeron seis canchas de tenis; una de fútbol; 300 casillas para vestuarios, delimitándose las zonas de baños para hombres y para mujeres. Se instalaron quioscos y bares de quienes entre una multitud de solicitantes, habían obtenido la concesión para explotarlos.
La construcción del espigón de 180 m. fue de vanguardia. Como dato curiosos digamos que se utilizaron rieles en desuso para armar la estructura de su plataforma de hormigón. A su terraza parquizada se la iluminó con grandes farolas y se la ornamentó con estatuas. Durante los últimos cuatro meses se trabajó sin interrupción durante día y noche.
Los vecinos de la ciudad de Buenos Aires esperaban ansiosos la inauguración de este balneario. Para ello, el 11 de diciembre de 1918, aunque el cielo cubierto amenazaba lluvia y el calor era sofocante, desde las primeras horas más de 100.000 personas arribaron por la puerta de entrada (Av. Belgrano) y la de salida (Av. Brasil). La cantidad de autos entorpecía el desplazamiento de la gente, pero no impedía la algarabía que aliviaba las molestias.
Aprovechando que la marea era excepcionalmente baja, autos descapotados circulaban por la playa transportando elegantes damas vestidas de blanco. Los que no viajaban en coche, podían hacerlo en tranvía por la prolongación del tramo que se hiciera en la AV. Ingeniero Huergo desde Belgrano a Brasil, que también se inauguró ese día; la condición de peatón no impedía que muchos de ellos, por muy elegantes que estuvieran vestidos, se sacaban los zapatos y, arremangándose los pantalones arremetían contra las olitas que parecían de un mar sereno.
Todo era caminar con entusiasmo: la ciudad progresaba. La totalidad de los sectores sociales se había dado cita en el lugar; mujeres de blanco con sombreros o cofias; los hombres de riguroso negro, tocados con galeras, o con gorras los más jóvenes y, mayoritariamente con ranchos. Se los veía luciendo camisa y corbata, con moñito o con cuello palomita.
Hasta las banderas que engalanaban la obra soportaron la lluvia que cayó de improviso. Desde las 19 horas, en que terminara el acto oficial presidido por el intendente Joaquín Llambías, el público aprovechó para zambullirse en el agua a pesar de estar vencido el horario que para ese fin habían establecido las ordenanzas: de 6 a 11 y de 15 19 horas.
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Pasados tantos años quedan vestigios y algunas maravillas en pie que testimonian la importancia que tuvo para el habitante de Buenos Aires este regalo -casi único en su género- que el municipio diera a los vecinos para el disfrute de su tiempo libre.
Uno de ellos es la "Fuente de las Nereidas" de Lola Mora. Esta obra que la artista concibiera en 1902 como una manera de retribuir al pueblo argentino la beca que se le concediera para perfeccionarse en Europa, fue polémica desde el comienzo.
La pacatería porteña veía en sus desnudos una ofensa al pudor que le negaba el derecho ser colocada en la Plaza de Mayo, que era el emplazamiento que se le había establecido originariamente. Después de muchos cabildeos, entre los que se intentó mandar la fuente a los suburbios, en 903, se la ubicó en las inmediaciones del cruce de J.D. Perón y la Av. Leandro Alem. En 1918 fue trasladada al lugar que actualmente ocupa.
Lola Mora, anciana y demente, los días de lluvia, iba al pie de este conjunto escultórico, para secar las figuras con un pañuelito. Fue su obra preferida.
Otro monumento está en la bajada de Av. Belgrano homenajeando a don Luis Viale. Recordemos que este emprendedor italiano en 1871, naufragó viajando a Montevideo. En posesión de un salvavidas, lo cedió a una mujer embrazada porque lo consideró su deber, sabiendo que le esperaba la muerte.
Hoy su estatua sigue el destino de aquel a quien representa, pues sus bases se hunden en un pantano en el que suelen nadar vistosos patos.(1)
El arquitecto húngaro Andrés Kalnay construyó allí, en 1927 varias edificaciones que sirvieron como confiterías o quioscos. La más conocida de ellas es la "Munich", obra de admirable estilo, colmada de esculturas, vitrales, cielorrasos decorados, frisos y pérgolas.
Allí solía reunirse "el todo Buenos Aires", artístico y político. Contó en su época con grandes adelantos técnicos en cuanto a las intalacionesfrigoríficas que fueron las segundas en orden de importancia, luego de las utilizadas para las carnes de exportación. La cámara permitía mantener refrigerados 50.000 litros de cerveza.
Cuando decayó la afluencia de público estuvo a punto de ser demolida por la Municipalidad de Buenos Aires, pero la acción conjunta de la Sociedad Central de Arquitectos, la Asociación Amigos de la Ciudad, familiares y amigos de kalnay y, particularmente ente estos el arquitecto Rodolfo de Liechtenstein, lograron su conservación. Era un verdadero placer sentarse en las terrazas de la Munich para beber cerveza y contemplar, enfrente, el ancho río, cuando estaba cerca. (2)
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El que posea un espíritu curioso, si hace una recorrida por la Costanera Sur puede descubrir en algunos ruinosos edificios los restos de esa brillante arquitectura de la que hablamos. Próximo a la fuente de Lola Mora, en una plazoleta central, se halla uno de estos edificios que se nos muestra como abrazado por dos escalinatas, y que, desde su tremendo deterioro se empeña en recordarnos que fue hermoso.(3)
No exageramos cuando decimos que el municipio le regaló a los porteños con este paseo, un verdadero lugar de esparcimiento. Baste recordar que todo divertimento allí tenía su lugar: celebraciones de carnaval, parque de diversiones mecánico, la actuación de cómicos que con los años serían célebres, bailes populares los fines de semana y, en ese río que ya no vemos, se entrenaban nadadores como Abertondo, Sepiurca y viera.
La anécdota nos recuerda que durante muchos años el Servicio Sanitario de la Costanera fue atendido por un ginecólogo, el doctor Alberto Castillo, una famosa figura del tango.
Es para destacar que en la intersección de Av. Costanera y Brasil se encuentra el Museo de Calcos, en el que se exponen permanentemente reproducciones de las mejores esculturas del mundo.
En la actualidad la fisonomía de la antigua Costanera ha cambiado radicalmente cuando los galpones de los viejos "docks" se reciclaron para suntuosos departamentos, oficinas, restaurantes, etc. Todo cinco estrellas, con palmeras y canteras con flores. El tiempo dirá que incidencia tendrán estos sobre un paseo en esencia popular.
Cuando examinamos las fotografías del día de la inauguración en aquel lejano de 1918, nos llama la atención el esfuerzo de la gente por aparecer en las imágenes.
Sabían sin saber... que estaban protagonizando un acontecimiento más que importante en la historia de la ciudad.
(1) Aclaramos que este artículo fue publicado en 1995. Hoy, esta zona está muy cambiada por imperio del avance de las construcciones de Puerto Madero. Ambas esculturas se conservan, ya no hay patos, ni laguna a los pies de Viale, sino sombras de la inmensa torre que, entre las muchas otras construcciones, lesiona el paseo popular.
(2) El río se alejó como consecuencia de la aparición de la Reserva Ecológica de la Costanera Sur, que aunque nos lo robó, es el pulmón más grande de Buenos Aires, por lo cual debe ser defendido en pro de nuestra calidad de vida
(3) Alguno de estos edificios se encuentra, hoy, restaurado, sirviendo a su función originaria, la de bar.
© Peña de Historia del Sur. Ana di Cesare, Gerónimo Rombolá, Beatriz Clavenna
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Publicado en junio de 1995
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Amores y amorios de don Juan Manuel
Le otorgaron la tutoría y la convirtió en su amante. Fue padre de los seis hijos del silencio. Cuando confesó su amor ya era tarde.

Difícilmente había podido imaginar don Juan Manuel las consecuencias que para su vida toda acarrearía la derrota de Caseros.
Febrero de 1852 marcó el comienzo de la pérdida de todos sus poderes, y fue tan devastador para él que tuvo fortuna y mando desde que abrió los ojos a la vida.
Huido de la batalla, mientras firmaba su renuncia apresuradamente en la que hoy es Plaza Garay, perdía su autoridad política. De inmediato le fueron confiscados todos sus bienes, lo cual lo redujo a llevar una vida austera, en su granja de la campiña inglesa. Su tiranía sobre Manuela acabó apenas pisaron el suelo del destierro, ella entregó su corazón a máximo Terrero y puso casa en Londres. Sus prerrogativas de amo y señor sobre Eugenia Castro, cuando esta se le plantó con un "no", cayeron demoliendo su influencia absoluta sobre los semejantes.
Eugenia Castro salió a la luz pública en 1886, cuando sus hijos iniciaron querella por la herencia de Rosas. Su destino se define, cuando a los trece años, allá por 1835, llega a la casa del gobernador, en calidad de entenada, impulsada por las veleidades de su padre el coronel Juan Gregorio Castro, que al dejarla huérfana coloca allí su tutoría.
Su vida transcurrió como la de una sirvienta con ciertas ventajas; fue enfermera de Encarnación Ezcurra en sus últimos tiempos, hasta que don Juan Manuel se prendó de sus vivaces ojos negros, de su físico sensual, la hizo su amante y la llenó de hijos bastardos.
Estos amores habían comenzado hacia 1839/1840, luego de producida la muerte de la esposa. Según le contara Nicanora, una de las hijas, al periodista Pineda, Eugenia Castro cayó en brazos del viudo forzada en su voluntad. Y es de imaginar que muy pocas chances pudo tener esta mujer- que luego, probablemente, lo amó- de rechazar sus pretensiones viviendo en la misma casa.
Según algunos datos, la joven ya había conocido el amor con un sobrino de la familia que reconoció a la primera de las hijas: Mercedes Costa. Luego comenzó a dar a luz a los hijos de Rosas: la primera Ángela en 1840, y luego Emilio, Joaquín, Nicanora, Justina y Adrían.
Antes del traslado definitivo de la familia al Caserón de Palermo, cuando los embarazos avanzaban a Eugenia se la escondía allí. Más tarde a medida que los hijos se sumaban, los allegados fueron conociendo y aceptando la situación. Juan Manuel no podía permitirse hacer pública esta distracción para su viudez; sin embargo parte de ello se había filtrado y los opositores desde Uruguay, criticaban que obligase a su hija Manuela a vivir bajo el mismo techo que su querida.
La realidad es que ambas mujeres no se molestaban, incluso tuvieron buen trato.
Los "hermanitos" despertaban la ternura de Manuela, que en ese entonces ya pintaba para solterona; y no sólo mantuvo correspondencia con ellos hasta después de la muerte de Eugenia, sino que se comenta que cierta vez conminó al padre que de volver a casarse lo hiciera con Eugenia.
Cada una tenía su tarea: Manuela la embajadora; Eugenia ciertas funciones de ama de casa, cuidando los achaques del gobernador, afeitándolo, cebándole mates, preparándole sus cigarros, sentándose a su mesa, paseando juntos en coche con su prole.
A pesar de tener cierto reinado sobre la vida doméstica de Palermo, se la conoció como "la cautiva", a raíz de la situación de reclusión en la que vivía.
No se le conocieron al restaurador muchas mujeres durante su función pública, aunque todas las que lo rodearon tuvieron peso decisivo sobre él. Y si las hubo, mantuvo absoluta discreción. Apenas si se sabe del enamoramiento que sintió por Juanita Sosa, la amiga de su hija, o de los amoríos con Marcelina Alen[1], la madre de Hipólito Yrigoyen, que alimentaron la teoría de que el caudillo radical era hijo del restaurador de las leyes.
Si todas las mujeres que lo rodearon tuvieron tanta influencia, se debía a que eran descollantes. Encarnación consolidó la posición política del marido manejando desde la retaguardia, con voluntad de acero, los hilos del poder. Manuelita con su gracia y perspicacia, fue la mejor "ministra de relaciones exteriores", su confidente y mano derecha. Pero, pese a ser ambas "Rosas" y, poseer estas condiciones, ninguna de ellas había conocido otra voluntad que la del rubio brigadier. "La cautiva", en cambio, que nada había sido, ni nada había tenido, decidió por sí misma en medio del huracán y deja a Rosas con agua entre las manos.
Veamos como fue esto. Producida la derrota de Caseros, Juan Manuel y su familia se refugiaron en un barco inglés: Eugenia no se contó entre ellos. No volvieron a verse, pero ella, embarazada, tiene tiempo de prepararle el equipaje y, él para dejar en manos de Terrero los asuntos de la herencia que a ella le correspondía por su padre: una casita en el barrio de la Concepción, algo de dinero, y 21.000 pesos que van de regalo.
La vida en Inglaterra no fue fácil. Manuela, rápidamente, se casó con Terrero. Juan Manuel comenzó a escribirle a su antigua amante, la reclamaba junto a Angelita y Emilio que eran sus preferidos. El amor de madre hacia los otros hijos, los que no habían sido llamados, pone las cartas en manos de Eugenia, que elije el destino: para sí la miseria, para el brigadier la soledad.
En la correspondencia posterior, Rosas le reprochó amargamente su ingratitud, e incluso, le propone que de obtener dinero la mandaría a buscar junto a todos los vástagos. Era tarde, Eugenia instalada en su casita trabajó como lavandera, como sirvienta, como enfermera, se juntó a otro hombre y perdió la salud al poner en el mundo otros dos hijos.
Crió a sus "bastardos" en la mayor privación, de modo tal que salvo Nicanora de quien se decía que poseía modales naturales de "señora", todos eran analfabetos y rústicos. Por ironía del destino, Adrián (pocero en Lomas de Zamora) y Joaquín (peón de campo la provincia de Buenos Aires), eran la estampa del padre.
En 1876 ella murió tan silenciosamente como había vivido. Un año más tarde, Juan Manuel, oceáno por medio, apagó también su existencia.
Pero, ¿Qué había pasado con la vida amorosa del ex gobernador en los 25 años que duró su destierro? Se había disipado, según el testimonio de su propio hijo, corría tras las mujeres de mal vivir, en compañía de dos amigotes de mala laya. Encontró incluso algún consuelo en Mary Ann Mills, su criada.
Sin embargo las mujeres de su vida había desaparecido, muertas o lejanas, eran fantasmas que poblaban ese remedo de pampa que improvisó sobre la campiña de Southampton.
[1] Leandro N Alem cambió la ortografía del apellido, para diferenciarse de su antepasado Alen, mazorquero de terrorífica fama.
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© Peña de Historia del Sur. Ana di Cesare, Gerónimo Rombolá, Beatriz Clavenna
Versión para Internet, del artículo original publicado en enero de 1994
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El Cura Lorenzo Massa

A los 25 años, con espíritu inquieto, se estrenaba como sacerdote en el Oratorio de la calle México. La fundación de San Lorenzo marcó su vida, pero la curiosidad de su corazón lo acompañó en su largo derrotero de educador, deportista e historiador.¿Qué sabemos de Lorenzo Massa más allá de la fundación de "El Ciclón" ¿ Que era jovencito, que arrancó a "Los Forzosos" de la calle y les ofreció una cancha que les cambiaría la vida. ¿Y qué más?... ¿y después qué?... Puede ser que una vida tan rica y tan fecunda, a nivel popular, haya quedado petrificada en esa sola obra?... ¿Qué sólo se conozca en el ámbito salesiano su amor a la juventud, su agudeza de observación, su ardoroso trabajo?
El "cura Lorenzo", se ordenó sacerdote a los 25 años. Había nacido en Morón el 11/11/1882 en el seno de una muy católica familia italiana formada por la unión de Lorenzo Massa y Margarita Scavini, que dio a la iglesia no sólo a ese hijo varón, sino también a sus hermanas Ángela y Blanca.Lorenzo Martín Bartolomé Massa decidió su destino sacerdotal a los 15 años, cuando hacía apenas tres que había ingresado al Colegio pío IX. De los tres lineamientos principales que Don Bosco impartió a su congregación, eligió rápida y eficazmente la educación de los jóvenes.
En 1905 en un informe anual, el padre Giuseppe Vespignani (arquitecto de la Basílica San Carlos, entre otras, comentaba que el clérigo Massa- en ese tiempo frisaba los 23 y aún no había realizado sus votos perpetuos- tenía buenas cualidades, pero era distraído y dado a la curiosidad. Años más tarde sabía que de Massa se podía esperar lo imposible, porque justamente ese espíritu curioso hizo de él un hombre de energía notable que alumbró docenas de obras.
Se recuerda todavía su carácter especial a la hora del trato con chicos, y en lo que se refiere a la juventud fue un visionario. Por eso lo encontramos en 1907 con sus 25 años, su metro 73 de estatura, sus ojos y cabellos castaños, enseñando en el colegio donde comenzó sus estudios y atendiendo el Oratorio San Antonio, al que tanto amor le había profesado siempre.
Con la fundación de San Lorenzo se había dado cuenta de la importancia que el deporte tenía en la educación de los chicos; y salía por la calle a atraerlos con desfiles y música. Creó así primero los "gimnastas" y luego, cuando se funda el Colegio San Francisco de Sales, los "Exploradores Argentinos de Don Bosco", siendo director de esa casa hasta el año 1916.
Se dedicó entonces a fundar la primera escuela salesiana en Tucumán, y allí fue lleno de energía. Se encontró con la estructura de un antiguo colegio llamado "General Belgrano" y se preparó para rehacerlo. Para ello no dudó, reacondicionó edificios existentes, compró propiedades cercanas, instaló laboratorios.
Tan importante fue su obra y tanto la repercusión que en 1922, sólo por eso, nace en la ciudad de Tucumán un nuevo colegio salesiano, el "Tulio García Fernández", cuando un industrial, para recordar la memoria de su hijo muerto, de dona un millón de pesos.
Esta casa de estudios llegó a ser una e las mejores de la congregación, y allí está Massa hasta 1929, duplicándose en la dirección de las dos escuelas.
Su destino fue inquieto. En 1930 lo encontramos como Director de la Casa Inspectorial de Córdoba. En 1933 como Director del Colegio de Salta. Mientras tanto se había ofrecido para trabajar en la Patagonia, y entre 1934-1939 dirige la Casa de Punta Arenas, en Chile, más tarde la de Patagones.
A partir de ahí su vid comienza a dar un giro insospechado. Fue llamado a Buenos Aires para que escribiese la biografía de Giuseppe Vespignani; se retiró a Bernal y trabajó durante un año para dar a luz un libro, que más que una biografía, refleja la obra de los salesianos en Argentina. Había nacido el Massa historiador.
A causa de la calidad de esta obra, se le encargó escribiera otra historia, de allí surgirá la "Historia de las Misiones Salesianas en la Pampa". Trabajo tan fecundo que lo hace merecedor de ser elegido como miembro del Museo Histórico de la Iglesia Argentina.
Mientras, había organizado celebraciones inigualables; la del Centenario en Tucumán; la de la canonización de Don Bosco en Punta Arenas, y el Congreso Eucarístico Nacional chileno.
Pero había descubierto en la tarea de la investigación histórica su principal trabajo, y en él permaneció hasta que las cinco de la mañana del 31-10-1949, el encargado de cambiar las sábanas observó la luz encendida en su cuarto. Le llamó la atención porque el cura Lorenzo, a esa hora, siempre estaba atendiendo la iglesia. Entró a apagarla y lo halló muerto.
Se termina así la vida de quien tanto amó la juventud y del que jamás olvidó a San Lorenzo de Almagro. Vale agregar que había sido un excelente jugador de fútbol, con el inconveniente de enredarse en la sotana, porque en aquellos tiempos, no tenían los sacerdotes autorización de quitársela.
Fue fiel al club al que acompañó a todos los partidos cuando logró el campeonato en 1946. San Lorenzo le había otorgado un cané especial para asustar a los encuentros.
Los que componían su entorno cotidiano en la vida sacerdotal sabían que cuando el cuadro de su corazón perdía, cierto mal humor ensombrecía su carácter afable. Lamentablemente el último partido que él presenció o escuchó, un encuentro entre San Lorenzo y Huracán, terminó con la derrota del equipo de Boedo: el 30-10-1949,, el "Globito" ganó 1 a 0.

San Lorenzo también le fue fiel. Durante el funeral, uno de los más importantes jugadores, hizo llorar a los presentes cuando dijo que cada vez que entraran al club y miran el busto de bronce con el cual se le honrara en vida, "nos parecerá que todavía del bronce nos sonríe paternalmente".
El "cura Lorenzo", debe sonreír paternalmente sobre el "Nuevo Gasómetro", que debería llevar su nombre.
© Ana di Cesare, Gerónimo Rombolá.
Publicado en agosto de 1994
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El barrio de Boedo y su amor por el teatro
En el barrio de Boedo se dio una situación inigualada en lo que respecta a la magnitud de artistas que produjo, a la difusión que gozaron y, al interés que en ella ponían los boedenses. Así ocurrió con las letras, la escultura y especialmente con el teatro.

Fue paradójico que un barrio obrero del confín ofreciese esta situación. Sin embargo en el seno mismo de esta aparente contradicción está la clave.
El teatro, en ese suburbio porteño, fue engranaje fundamental de su dinámica; enclave anarquista por excelencia, luego socialista, contó con una masa proletaria que fiel a su ideario, sostuvo la difusión de la cultura como medio de superación. Fue así un arte de libertarios comprometido con sus propósitos el que inicia la gran bola de nieve, por la cual las salas de ese rincón del sur estuvieron cabeza a cabeza con las que ofrecían representaciones en el centro capitalino: en cuanto a la calidad de los elencos y al número de puestas en escena.
Sabemos que entre 1910 y 1940, Boedo tuvo un momento de esplendor concentrándose la producción en dos autores: José González Castillo y Florencio Sánchez (1), los cuales daban a luz un teatro que hoy llamaríamos testimonial. González Castillo tuvo la primera compañía porteña en cooperativa y su gloria acrecentó tanto la importancia del barrio que en 1921, cuando un incidente fractura la " sociedad de actores ", la compañía que actuaba en el teatro " Opera " pasa al " Teatro Boedo".
Justamente este teatro se conoció como la " catedral del género chico " (2)
Su origen fue muy curioso; un catalán llamado Jaime Cullen, luego de muchos años de trabajo, reunió el dinero suficiente para levantar una casa de rentas. Pero observando que los boedenses carecían de una sala teatral de importancia, en 1905, mientras los vecinos lo tildaban de loco, demolió el edificio para construir lo que luego sería el glorioso Teatro Boedo ( Av. Boedo 949/ 959). Y en ese teatro alejado de la seguridad del centro, se reunirían cada noche, después de las funciones: Alberto Vaccarezza, Carlos M. Pacheco, Eugenio Gerardo López, Pedro E. Pico, Julio Sánchez Gardel, José Antonio Saldías.
El 21 de julio de 1918, la Compañía de Luis Arata - Brieva , estrenó allí " El tío soltero " de R. Hicken. Siendo así el primer elenco orgánico que dio brillo al género chico. Luego se irían dando cita las compañías de Pedro Zanetta con Samuel Sanda, Felipe Panigazzi, Humberto Zuro, Gregorio Cicarelli, Antonio Daglio, Pedro Pompilio. En cuanto a los actores que allí trabajaron, entre otros María Ester Gamas, Marcelo Ruggero, Félix Mutarelli, Malvina Pastorino, Daniel de Alvarado, Anita Lasalle, Mario Danesi, Juan Bono, Pepe Arias, Juan Daglio, Camila Quiroga, Cesar Ratti, Eva Franco, Mario Fortuna, Osvaldo Miranda, Antonio Cunill Cabanilla, Cármen Vallejo, María Luisa Robledo, Roberto Firpo, Pedro Aleandro, Hector Vozzo, Susy Derqui y Leonor Rinaldi , entre otros .
Obviamente éste no fue el primer teatro del barrio. En Av. Boedo entre Estados Unidos y San Ignacio, en 1901, vio la luz una sala de espectáculos que inició sus actividades con el debut de la compañía española de "Garrido".
En el " Teatro América ", sala plana, sin palcos (Avenida Boedo 819), incursionaron grandes compañías nacionales y extranjeras: la española de Zarzuelas de Garrido, la de Cortés, Carlitos Romeu, Las hermanas Falcón, Felipe Panigazzi, Laurita Hernández con Benito Ronco. Contaba Silvestre Otazú, que en ese teatro, estos últimos actores representaron una revista " Lo más serio es reír ", que simbolizaba la disputa entre " Boedo y Florida ". Lo que marca el nivel del público boedense; barrio donde se había hecho carne a nivel popular una disputa de índole filosófica-literaria . En esa puesta en escena, "Boedo" aparecía representado por un malevo que para encender un cigarrillo, torcía un farol de la calle y "Florida" como un muchacho muy atildado. Ambos suspiraban por el amor de la misma milonguita. La obra terminaba con un disloque general, cuando los actores gritaban "inundación", " Inundación ", en referencia a un problema que aquejaba dramáticamente a esas zonas sureñas de Buenos Aires y que Manzi dejara reflejado también, en su tango " Sur ".
En el solar donde hasta mediados de la década de 1990 estuvo el edificio del cine-teatro "Nilo " (Av. Boedo 1062) (3), había un local de verano, en el cual actuaron elencos nacionales, españoles e italianos, conocido como el "Politeama Doria" . Uno podría pensar que ese terreno estaba destinado al espectáculo, ya que con anterioridad había funcionado allí un circo homónimo, donde se efectuaba lucha grecorromana , que estaba muy de moda . Allí actuó el famoso Luis Gualtieri, que fuera campeón argentino y, que viviera en Agrelo y Maza. Alternaban las luchas con las representaciones de la "Compañía de comedias y sainetes Podestá-Scuri-Mariño".
Era época de circos. La gente ansiaba entretenerse, Buenos Aires, se llenaba de pistas de patinaje, de calesitas, de juegos mecánicos, de escenarios en los que hacían piruetas acróbatas, en los que se veía a un oso bailar, o donde hombres corpulentos entraban en combate. En cualquier lugar espacioso se instalaba uno. Estos circos, fueron la puerta por la cual ingresaron a escena, los pioneros que construirían el gran teatro nacional.

Sabemos por la documentación de primera mano que hemos consultado, que en 1886, Américo Durán, consiguió el permiso de la Intendencia para el establecimiento de un circo que ya venía funcionando en " La Rioja 843 "; conocido como "Arenas", donde actuaba una Compañía acrobática y gimnástica.
En Venezuela y Maza existió hasta fines del 1800, un teatrito de títeres, que luego se convirtiera en el "Teatro-circo de Juan Bautista Chiappe" , cuya dirección llevaba Rafael Angel Comunale. Muchas piezas musicales se estrenaron allí entre ellas, la conocida "Loca de amor", que fue en su época, popularísima .
En Boedo entre Independencia y Estados Unidos, supo estar el "Circo Anselmi". En Av. Boedo y Cochabamba el circo de los "Hermanos Gómez ". Y por 1920 El "Circo internacional " en Marmol entre Estados Unidos y Carlos Calvo.
Corría el año 1917, cuando a este barrio lo transitaban una suma de jóvenes con distintas inquietudes, que se reunían en los cafés, verdaderos ateneos, a escuchar a los maestros, a nutrirse de ellos, a exponer inquietudes, a competir por quien había leído más. Los artistas se mezclaban con obreros de avansada; y como decía el dramaturgo "José Scarano," esas discusiones muchas veces continuaban en el "cuadro tercero del Departamento de Policía ". Boedo era un volcán en permanente erupción, que despedía de sus entrañas hombres nuevos: pensadores, artistas, individuos de acción; en calidad y cantidad inusitadas. Era un polo que atraía a multitudes desde distintos puntos de la ciudad; librepensadores, jóvenes que buscaban una verdad, y la encontraban en los cafés que despedían por sus ventanales la claridad de la dialéctica, y la fe en el género humano, sobre las cuadras grises de Boedo. Fue aquella una época irrepetible... Los había músicos, poetas, pintores, escultores y actores. Entre estos últimos se destacaba uno: alto, bien plantado, cuyo rostro transmitía su fuego interior .
Comenzó actuando en ese Politeama Doria, que era un galpón de techo de chapa y pisos de tierra, pero que apuntaba bien alto en la calidad de lo que allí se representaba y que dirigía nada menos que José González Castillo .
"Pedro Zanetta", que así se llamaba ese muchacho, luego de descubrir el teatro ya nunca abandonó ni esa vocación, ni el barrio, ni una especial ética aplicada a la estética del arte en coherencia con sus ideales anarquistas .
Fue el más grande y querido de los actores de Boedo. Sus condiciones artísticas eran tales, que en apenas cinco años llegó a ser cabeza de compañía en el teatro Boedo, junto a Pedro Pompilio, Pepito Petray, Rosario Serrano, Francisco Chiarmello. Durante casi dos décadas fue la estrella que brilló en el escenario del teatro Boedo, quien solo interrumpía sus temporadas durante las fiestas de carnaval, pues en esas jornadas el teatro se dedicaba al concurso de las comparsas. Hasta que un mal día el empresario Jaime Cullen, pretendió imponerle a Zanetta que representara una obra que acababa de escribir : "Viaje de los hombres de la Luna a la Tierra". Don Pedro luego de leerla se negó, Cullen insistió argumentando que al fin y al cabo era el dueño de la sala y, palabra va palabra viene, terminó echando al actor.
Un colega tomó su lugar y puesta la obra en escena, al segundo día hubo que sacarla de cartel; dicen que en Boedo jamás se conoció abucheo semejante.
Los vecinos mientras tanto ya habían formado un comité pro-retorno de Zanetta a esa sala; pero la terquedad del empresario pudo más.
Esto marcó el principio del fin de este ilustre intérprete. Habían sido para él muchas horas trajinando las tablas del "Boedo ", como para que el cambio no produjera heridas en su ánimo.
Pasó al Teatro América, pero el trato usurario de su dueño, hizo que solo durara tres meses allí. Actuó en el "Politeama" y en el " Nacional de Comedias", y fue contratado por "Lumiton" para hacer cine, pero no se adaptó; porque este hombre apuesto, muy envidiado por sus éxitos amorosos, extrañaba su gran amor: el barrio y a él volvió rehusando mejor pasar y fama.
Se dedicó a dirigir un grupo de jóvenes de la "Octava Socialista" y fundaron el "Teatro Experimental Florencio Sánchez " en Sánchez de Loria 1194 . Zanetta seguía inquebrantable en sus convicciones, pero con la salud deteriorada.
Su elección había sido dura. El amor a la barriada le restó el reconocimiento merecido que si lograron aquellos que decidieron alejarse la "patria chica", como las "hermanas Ada y Adelma Falcón" , "Enrique García Satur", "Pedro Tocci", "Francisco Chiarmello", "Laurita Hernández" ; incluso una cupletista que hacia 1920 cantaba en Boedo como "Petit Imperio" y se haría célebre en España como "Imperio Argentina".
Él vivía en la miseria en un altillo de la calle Cochabamba y Sánchez de Loria, casi no comía... Su dignidad lo llevaba a rechazar los consejos de amigos fieles como el actor Pedro Tocci o el Dr. Lauro Tidone, quien recomendaba una larga internación en el Hospital Ramos Mejía. Zanetta no quiso cumplirla, deteriorando más su salud. En 1949 volvió a ser internado y, sintiendo que la vida lo abandonaba le dijo a Tocci que ya que no tenía casa propia para morir, lo condujera a la ciudad de La Plata, para hacerlo en la casa de su hermano. Tocci no dudó en complacer a su amigo; pero necesitaba un vehículo, contrató el auto de una empresa fúnebre, se preocupó en disimularlo de tal manera de no impresionar a Zanetta, quien viajó hasta el destino elegido, convencido de que el chofer era un amigo de Tocci.
Antes de iniciar este viaje, que sería el último, todos los muchachos del "Florencio Sánchez" fueron a despedirlo a la salida del hospital y sería en su teatro donde lo velarían días más tarde, mientras todo el comercio del barrio cerraba sus puertas, en señal de duelo. Su barriada no lo olvidaba, reconociendo que él junto a González Castillo eran los que más habían hecho por el teatro en Boedo. Prueba de ello fue que pocos meses antes de su muerte, en noviembre de 1949, se realizó una función a beneficio en el teatro Boedo, representado " El puñal de los troveros " de Belisario Roldán, donde actuaron Iris Marga y Enrique Muiño.
Finalizada la función, la actriz lo visitó en su humilde pieza.
- La esperaba - dijo Zanetta - Necesitaba ese rayo de luz que Ud. me trae.-
Ya que hablamos de Pedro Tocci, diremos que fue un boedense que ingresó al "Colegio Carlos Pellegrini". Todo anduvo bien hasta que una vez la división fue a ver una obra de uno de los profesores de la escuela; al día siguiente los alumnos homenajearon espontáneamente al autor, Tocci fue el encargado de dirigir la palabra haciendo tal panegírico del arte escénico que su profesor le indicó que dejara el estudio comercial y se dedicara al teatro. Así lo hizo iniciándose con Angelina Pagano, Luis Arata y Blanca Podestá.
Otros actores de relevancia en Boedo fueron Enrique García Satur (4) y Mario Fortuna, Francisco Chiarmello, Hugo Díaz, Guillermo Battaglia.
Desde los orígenes en el teatro de Boedo, se destacó el quehacer independiente, que tuvo como función formar actores capaces de ofrecer al público espectáculos de alta calidad a precios accesibles. A la cabeza de estos pioneros, tenemos a González Castillo.
El teatro independiente tuvo una actitud contestataria y en Boedo brilló el "Florencio Sánchez" . La historia comenzó cuando J. Oriente Cavalieri, en 1940, interesó a un grupo de amigos en conseguir otro local para la sede socialista del barrio; la elección recayó en la legendaria casa de Sánchez de Loria 1194, desde siempre relacionada con los movimientos sindicales, políticos y artísticos. Su sótano había sido alternativamente sede de la Federación Obrera del calzado; de los carpinteros, de los lavadores. Entre 1920 y 1923 sesionó el grupo de anarquistas españoles e italiano "Espartacus" , por allí pasaban los famosos Di Giovanni y Scarfó, que fueran fusilados por el gobierno de Uriburu. Para 1926 se reunían los antorchistas, llamados así por seguir las directivas del periódico "La Antorcha" de Rodolfo González Pacheco. Funcionó el grupo proletario "Arte y natura", cuyo repertorio estaba integrado únicamente por obras de autores anarquistas.
Una vez en Loria, tuvieron lugar para Biblioteca, sala de conferencias y para un teatro que pusieron en marcha: Cavalieri junto a Isaías Borestein ( Boris), Mario Rozas, Amadeo Palermo, Juan Literas, Jorge Vizcaíno, Vicente Rocco, Pascual y Luis di Cesare y obviamente Zanetta.
Recordemos que ese teatro fue cuna entre otros del escenógrafo Saulo Benavente, de los actores Carlos Muñoz y Onofre Lovero. Destacamos que Zanetta, antes de morir donó su biblioteca y toda su ropa escénica a este grupo, todo lo cual se perdió cuando la casa se incendió no hace tantos años. Luego de la dirección de Zanetta, estuvieron al frente : Arturo Frezzia, Pablo Palant, Pedro B. Franco, Onofre Lovero, Rubén Pesce.
Es imposible hablar del Tema del teatro y del alma de ese barrio, sin detenerse debidamente en el dramaturgo José González Castillo, quien fuera el gran luchador por la cultura de ese punto sur de la Capital. Había nacido en la Santa Fe en 1885 y, si bien realizó sus estudios primarios en Boedo; luego, su familia que deseaba convertirlo en sacerdote, lo ingresó en un Seminario de Salta, el que por supuesto abandonó.
Volvió desde allí pidiendo albergue en los establecimientos del camino; reuniendo alguna monedas para sobrevivir, pintando letreros exteriores en los negocios. En Rosario puesto a hacer periodismo, trabó amistad con Florencio Sánchez.
Comenzó a estudiar medicina, pero distintos apremios económicos lo hicieron abandonar esa carrera. La familia de Castillo estaba verdaderamente preocupada por el porvenir de ese hijo, entendían que las letras eran muy bonitas, pero que con ellas no se comía. Así que lo ubicaron a trabajar en "la peluquería del Negro Ricardo" , en Independencia y Boedo. En ese local, al cerrarse las puertas, se reunían los payadores de Boedo: Curlando, Castro y otros, para celebraban sus concursos.
Alberto Cortazzo, periodista y antiguo vecino de Boedo, comentaba que González Castillo llegó a tener una peluquería en sociedad con un salteño en Castro Barros entre México e Independencia, negocio al que habían puesto el nombre de "El Figaro". Mientras su socio atendía la clientela, Castillo aparecía a altas horas de la noche, acompañado de los mendigos que encontraba durmiendo en las calles, para que pernoctaran en alguna de las muchas habitaciones desocupadas que tenía la casa. Había hecho del local un sitio de reunión, congregando a discípulos de las distintas ramas del arte. El salteño, obviamente, se quejó a la familia de Castillo y éste ofendido renunció a la propiedad del negocio.
Desempeñó numerosos oficios, entre ellos el de "Oficial de Justicia". El primer deber en éste trabajo, fue el desalojo de unos inquilinos de un conventillo. Fue a cumplir con su obligación, llevando en el bolsillo los cinco pesos que le habían dado para viáticos. Se encontró con un cuadro pavoroso, una mujer enferma cuyo marido desocupado no estaba en casa. Los vecinos lo miraban con desprecio.
Entonces González Castillo propuso :
- Yo tengo estos cinco pesos, los pongo para hacer una colecta y pagar la deuda que esta mujer tiene.- Se fue y renunció a un trabajo que nada tenía que ver con lo que él era.
Entre 1910 y 1914, por razones políticas tuvo que abandonar nuestro país y vivió en Valparaíso. Trabajó como vendedor de vinos para una firma inglesa y se vio obligado a aprender el inglés, que luego le resultó sumamente útil. Mientras tanto trabajó como periodista de un importante diario de un senador, quien presentó e hizo aprobar varias leyes que fueron concebidas y aconsejadas por nuestro compatriota. Además, en medio de su pobreza, se desempeñó como barman, en las afueras de Santiago, oficio del que sabía absolutamente nada. Hacía las mezclas sin ton si son, pero gustaban y pedían las repitiera, cosa que no podía realizar.
De regreso a Buenos Aires, se instaló en San Juan y Quintino Bocayuva. Trabajando como periodista de "Crítica" y como traductor de películas en la "Casa Max Glucksmann". Para ese entonces ya tenía sus tres hijos: Cátulo, nacido en 1901, Hugo y Gema. Con respecto al mayor, existe una anécdota muy graciosa con respecto al nombre; al nacer, Castillo quiso llamarlo "Descanso dominical", de acuerdo a una ley por sancionarse. A lo cual se opuso terminantemente el empleado de Registro Civil; se armó una gran tremolina y un amigo pacificador, propuso el nombre de Ovidio Catulo ( obsérvese que va sin acento ).
La producción de González Castillo es inmensa. Escribió dramas, tragicomedias, zarzuelas, cuentos para niños, monólogos, traducciones, letras de tango, artículos periodísticos. Firmaba a veces como Martín Gla. Llegó a ser junto a Florencio Sánchez un autor de primer nivel y muy popular. La diferencia entre ambos estriba que en mientras en Sánchez hay una mayor fuerza política y una profunda desesperanza, en Castillo hay más fe en el ser humano y se valoriza el amor como luz en el futuro.
Las obras de este autor fueron de auténtica vanguardia. Tenía un corte realista. Hacía una descripción objetiva de la sociedad y poseía un estilo sencillo, de pinceladas recias, con el que llegaba al alma del pueblo. Durante sus treinta años de intensa labor, renegó del arte por el arte mismo, fue consecuente con su creación y valeroso para defenderla. Citaremos entre ellas:"Los invertidos". Se estrenó en 1914. Por su temática sobre la homosexualidad, llegó a ser prohibida por la Municipalidad para evitar escándalos. Es interesante comentar que en 1926 la repone la Compañía de Enrique Orellano en el "Smart" y en 1956 la Compañía de Homero Cárpena. Fue una y otra vez silenciada, hasta que hace relativamente poco tiempo, se la puso en escena en el Teatro San Martín, donde fue un éxito.
"La mala reputación" . También creó problemas, porque debatía la cuestión del divorcio.
"El pobre hombre". Donde tomó la problemática de las alteraciones psíquicas.
"Los dientes del perro". Donde si bien el tema no es innovador, cuando se iba a representar por primera vez en 1918, Elías Allipi, le sugirió a Castillo que dado que el primer cuadro transcurría en un cabaret, se podría colocar la orquesta en escena y no en el foso, a lo cual el autor accedió.
Habló con Roberto Firpo, y el 18 de marzo al estrenarse la obra en el teatro "Buenos Aires", se cantó por primera vez el tango "Mi noche triste" de Pascual Contursi .
Entre los guiones cinematográficos que escribió, figura en 1908 el de "Juan Moreira", "Nobleza gaucha" y otros.
De las letras de sus tangos baste mencionar "Sobre el pucho", "Grisetta" , "Silvando", "El aguacero", "Organito de la tarde" ( que escribiera junto a su hijo Cátulo ). En cuanto a "Sobre el pucho", vale la pena recordar que en 1922, una fábrica de cigarrillos organiza un concurso de tango. Sebastián Piana, que era un muchachito, escribió una pieza instrumental y se la llevó a Castillo para pedirle su opinión. En ese entonces González Castillo que tenía 37 años y al que llamaban "el abuelo", lo aprueba y sugiere el título, ya que el concurso lo organizaba una fábrica de cigarrillos. Piana ganó el segundo premio, y poco después lo grabaría Carlos Gardel.
Cátulo contaba que su padre tenía aptitudes para todo: dibujo, carpintería, artes gráficas, propaganda. Recordemos que entre sus actividades se cuenta como miembro activo en la fundación de la "Universidad Popular de Boedo"; como así mismo la creación de la "Sociedad de Artistas Plásticos". A propósito de ello comentaba el escultor Vicente Roselli, que los plásticos que querían concretarla, estuvieron 10 años discutiendo como hacerlo. González Castillo en unas horas les hizo los estatutos, dejándola formada. Era un excelente padre que jamás estaba quieto y tenía un carácter alegre. Al morir su esposa se tornó triste. La Avenida Boedo se convirtió en su refugio y no hubo café o bodegón que no conociera su presencia. Pasó sus últimos años entre su casa, los cafés y la Peña Pacha Camac. Murió en su casa en 1937, a los 52 años de edad, mientras tomaba mate.
Cuando se descompuso, se mandó a buscar urgentemente al Dr. Julio Cruciani, que era su amigo, al Hospital Ramos Mejía, donde estaba trabajando. Cruciani salió sin sacarse siquiera el guardapolvo, pero cuando llegó era demasiado tarde. Entre Castillo y Cruciani, había existido una gran amistad. El médico solía ir a buscarlo a su casa de Boedo 1058/60 ( dónde se conserva una placa que identifica el lugar ) y comenzaban a caminar por Boedo hacia el norte. Ambos eran personajes sumamente populares, de modo que a medida que avanzaban se les iba uniendo gente y cuando llegaban a la puerta de la Peña Pacha Camac, formaban una pequeña manifestación.
Con respecto a esta Peña, digamos que se fundó en la terraza del café Biarritz, en 1932. Agrupaba a los artistas del barrio. Su finalidad era difundir las artes. Se levantó con el apoyo económico de vecinos y comerciantes. Allí se hizo teatro, se ofrecieron conciertos, se realizaron exposiciones, todo en forma gratuita.
Funcionó en las terrazas del Biarritz ( Av. Boedo ), hasta que la Municipalidad los conminó a desalojar en 24 horas, para construir el Banco Municipal . Continuó funcionando un tiempo en Carlos Calvo 3621, luego en Loria 1536, que fue su último domicilio, cuando desapareció en 1949.
Fueron conferencistas de la Peña Pacha Camac, entre otros: Roberto Artl, Leónidas Barletta, Roberto Castagnino, Alicia Moreau de Justo, Nicolás Olivari, Alfredo Palacios, José Antonio Saldías, Antonio Sassone, Juan José de Soiza Reilly, Roberto Talice, Alberto Vaccarezza, Iris Marga, Enrique Muiño, Fortunato Lacámera, Domingo Maza, Quinquela Martín, Sepucio Tidone, Miguel Carlos Victorica, Saulo Benavente.
Artl escribió sobre ella, que si a la Peña del Tortoni, iba la burguesía, a la de Boedo, iban los pobres, los inteligentes de ese barrio suburbano. No en vano se vendían más libros allí que en toda la calle Corrientes.
Hoy podemos decir que aunque gran parte de su obra haya pasado de moda, escribió un inmenso capítulo de la historia de la literatura teatral argentina.
En 1933 González Castillo ya se había internado en los problemas de "La ilusión de la realidad", adelantándose a los movimientos de vanguardia que hacia 1950 revolucionarían la escena europea.
El publico boedense había recibido una impronta, que comenzó a diluirse cuando en todo Buenos Aires, la televisión se hizo masiva y cambió las costumbres, produciendo una introversión en las relaciones sociales. Pero si el teatro es dar testimonio, Boedo cumplió la premisa.
NOTAS
(1) Florencio Sánchez no era vecino del barrio de Boedo, pero iba casi todas las tardes, desde la pieza donde vivía en Av.Jujuy al 900, para encontrarse con la que luego sería su esposa: Catalina Raventos de Sánchez. La familia de la muchacha, que se domiciliaba a solo dos cuadras del dramaturgo, se oponía a la relación, por lo cual ella fingía visitar a unas amigas que vivían en México y Yapeyú, lugar de la cita de los enamorados.
(2) Piezas teatrales de no más de una hora de duración, lo que permitía organizar varias funciones, hasta 6 por día. Comprendía el sainete, la revista y el vaudeville.
(3) El Cine- teatro Nilo, fue el más elegante de Boedo . Cuando dejó de desempeñarse como teatro, funcionó allí una sala de baile y el Hogar Croata. Desde 1995, no existe más, se lo convirtió en un supermercado de artículos electrodomésticos. Las leyes tienen así dos deudas con el barrio de Boedo, ya que donde se demuele un teatro, hay que levantar otro. No pasó con El Nilo, ni con el Boedo, que en la actualidad es un garage.
(4) Enrique García Satur, se había criado en un inquilinato de la cortada Guandacol ,( hoy Pedro Bidegaín ), y 33 Orientales. Su verdadero nombre era Saturnino García. Hoy, todavía , amigos de su infancia, sobrevivientes a los cambios que sufriera Boedo, lo recuerdan en su trabajo como cartero, manteniendo a su familia de origen.
© Peña de Historia del Sur. Ana di Cesare, Gerónimo Rombolá, Beatriz Clavenna
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Publicado en Enero de 1995
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17, oct | sin comentarios Ana di Cesare compártelo Tags: barrios, boedo, circo, chiappe, florencio, sanchez, gonzalez, castillo, genero, chico, pedro, zanetta, saldias, gardel, teatro, nilo, vaccarezza


